AdiósAdiós para siempre, mitad de mi vida,
una alma tan sólo teníamos los dos;
mas hoy es preciso que esta alma divida
la amarga palabra del último adiós.
¿Por qué nos separan? ¿No saben acaso
que pasa la vida cual pasa la flor?
Cruzamos el mundo como aves de paso...
Mañana, la tumba; ¿por qué hoy, el dolor...?
¿La dicha secreta de dos que se adoran
enoja a los cielos, y es fuerza sufrir?
¿Tan sólo son gratas las almas que lloran
al torvo destino...? ¿La ley es morir...?
¿Quién es el destino...? Te arroja a mis brazos,
en mi alma te imprime, te infunde en mi ser,
y bárbaro luego me arranca a pedazos
el alma y la vida contigo... ¿por qué?
Adiós... es preciso. No llores... y parte.
La dicha de vernos nos quitan no más;
pero un solo instante dejar de adorarte,
hacer que te olvide, ¿lo, pueden...? ¡Jamás!
Con lazos eternos nos hemos unido;
en vano el destino nos hiere a los dos...
¡Las almas que se aman no tienen olvido,
no tienen ausencia, no tienen adiós!
AdoraciónComo al ara de Dios llega el creyente,
trémulo el labio al exhalar el ruego,
turbado el corazón, baja la frente,
así, mujer, a tu presencia llego.
¡No de mí apartes tus divinos ojos!
Pálida está mi frente, de dolores;
¿para qué castigar con tus enojos
al que es tan infeliz con sus amores?
Soy un esclavo que a tus pies se humilla
y suplicante tu piedad reclama,
que con las manos juntas se arrodilla
para decir con miedo... ¡que te ama!
¡Te ama! Y el alma que el amor bendice
tiembla al sentirle, como débil hoja;
¡te ama! y el corazón cuando lo dice
en yo no, sé qué lágrimas se moja.
Perdóname este amor, llama sagrada,
luz de los cielos que bebí en tus ojos,
sonrisa de los ángeles, bañada
en la dulzura de tus labios rojos.
¡Perdóname este amor! A mí ha venido
como la luz a la pupila abierta,
como viene la música al oído,
como la vida a la esperanza muerta.
Fue una chispa de tu alma desprendida
en el beso de luz de tu mirada,
que al abrasar mi corazón en vida
dejó mi alma a la tuya desposada.
Y este amor es el aire que respiro,
ilusión imposible que atesoro,
inefable palabra que suspiro
y dulcísima lágrima que lloro.
Es el ángel espléndido y risueño
que con sus alas en mi frente toca,
y que deja -perdóname... ¡es un sueño!-
el beso de los cielos en mi boca.
¡Mujer, mujer! Mi, corazón de fuego,
de amor no sabe la palabra santa,
pero palpita en el supremo ruego
que vengo a sollozar ante tu planta.
¿No sabes que por sólo las delicias
de oír el canto, que tu voz encierra,
cambiara yo, dichoso, las caricias
de todas las mujeres de la tierra?
¿Que por seguir tu sombra, mi María,
sellando el labio, a la importuna queja,
de lágrimas y besos cubriría
la leve huella que tu planta deja?
¿Que por oír en cariñoso acento
mi pobre nombre entre tus labios rojos,
para escucharte detendré mi aliento,
para mirarte me pondré de hinojos?
¿Que por sentir en mi dichosa frente
tu dulce labio con pasión impreso,
te diera yo, con mi vivir presente,
toda mi eternidad... por sólo un beso?
Pero si tanto, amor, delirio tanto,
tanta ternura ante tus pies traída,
empapada con gotas de mi llanto,
formada con la esencia de mi vida;
si este grito de amor, íntimo, ardiente,
no llega a ti; si mi pasión es loca...,
perdona los delirios de mi mente,
perdona las palabras de tu boca.
Y ya no más mi ruego sollozante
irá a turbar tu indiferente calma...
pero mí amor hasta el postrer instante
te daré con las lágrimas del alma.
AmémonosBuscaba mi alma con afán tu alma,
buscaba yo la virgen que mi frente
tocaba con su labio dulcemente
en el febril insomnio del amor.
Buscaba la mujer pálida y bella
que en sueño me visita desde niño,
para partir con ella mi cariño,
para partir con ella mi dolor.
Como en la sacra soledad del templo
sin ver a Dios se siente su presencia,
yo presentí en el mundo tu existencia,
y, como a Dios, sin verte, te adoré.
Y demandando sin cesar al cielo
la dulce compañera de mi suerte,
muy lejos yo de ti, sin conocerte
en la ara de mi amor te levanté.
No preguntaba ni sabía tu nombre,
¿En dónde iba a encontrarte? lo ignoraba;
pero tu imagen dentro el alma estaba,
más bien presentimiento que ilusión.
Y apenas te miré... tú eras ángel
compañero ideal de mi desvelo,
la casta virgen de mirar de cielo
y de la frente pálida de amor.
Y a la primera vez que nuestros ojos
sus miradas magnéticas cruzaron,
sin buscarse, las manos se encontraron
y nos dijimos "te amo" sin hablar
Un sonrojo purísimo en tu frente,
algo de palidez sobre la mía,
y una sonrisa que hasta Dios subía...
así nos comprendimos... nada más.
¡Amémonos, mi bien! En este mundo
donde lágrimas tantas se derraman,
las que vierten quizá los que se aman
tienen yo no sé qué de bendición.
Dos corazones en dichoso vuelo;
¡Amémonos, mi bien! Tiendan sus alas
amar es ver el entreabierto cielo
y levantar el alma en asunción.
Amar es empapar el pensamiento
en la fragancia del Edén perdido;
amar es... amar es llevar herido
con un dardo celeste el corazón.
Es tocar los dinteles de la gloria,
es ver tus ojos, escuchar tu acento,
en el alma sentir el firmamento
y morir a tus pies de adoración.
Ausencia¡Quién me diera tomar tus manos blancas
para apretarme el corazón con ellas,
y besarlas... besarlas, escuchando,
de tu amor las dulcísimas querellas!
¡Quién me diera sentir sobre mi pecho,
reclinada tu lánguida cabeza,
y escuchar, como enantes, tus suspiros,
tus suspiros de amor y de tristeza!
¡Quién me diera posar casto y süave
mi cariñoso labio en tus cabellos,
y que sintieras sollozar mi alma
en cada beso, que dejara en ellos!
¡Quién me diera robar un solo rayo
de aquella luz de tu mirar en calma,
para tener al separarnos luego
con qué alumbrar la soledad del alma!
¡Oh! quién me diera ser tu misma sombra,
el mismo ambiente que tu rostro baña,
y, por besar tus ojos celestiales,
la lágrima que tiembla en tu pestaña.
Y ser un corazón todo alegría,
nido de luz y de divinas flores,
en que durmiese tu alma de paloma
el sueño virginal de sus amores.
Pero en su triste soledad el alma
es sombra y nada más, sombra y enojos...
¿Cuándo esta noche de la negra ausencia
disipará la aurora de tus ojos...?
Bajo las palmasMorena por el sol del Mediodía
que en llama de oro fúlgido la baña,
es la agreste beldad del alma mía,
la rosa tropical de la montaña.
Diole la selva su belleza ardiente,
diole la palma su gallardo talle;
en su pasión hay algo del torrente
que se despeña desbordando al valle.
Sus miradas son luz, noche sus ojos,
la pasión en su rostro centellea,
y late el beso entre sus labios rojos
cuando desmaya su pupila hebrea...
Me tiembla el corazón cuando la nombro,
cuando sueño con ella me embeleso,
y en cada flor con que su senda alfombro
pusiera un alma como pongo un beso.
Allá en la soledad, entre las flores,
nos amamos sin fin, a cielo abierto,
y tienen nuestros férvidos amores
la inmensidad soberbia del desierto.
Ella, la regia, la beldad altiva
soñadora de castos embelesos,
se doblega cual tierna sensitiva
al aura ardiente de mis locos besos.
Y tiene el bosque voluptuosa sombra,
profundos y selvosos laberintos,
y grutas perfumadas, con alfombra
de eneldos y tapices de jacintos.
Y palmas de soberbios abanicos
mecidos por los vientos sonorosos,
aves salvajes de canoros picos
y lejanos torrentes caudalosos.
Los naranjos en flor que nos guarecen
perfuman el ambiente y en su alfombra
un tálamo los musgos nos ofrecen
de las gallardas palmas a la sombra.
Por pabellón tenemos la techumbre
del azul de los cielos soberano.
Y por antorcha de Himeneo la lumbre
del espléndido sol americano.
Y se oyen tronadores los torrentes
y las aves salvajes en concierto,
en tanto celebramos indolentes
nuestros libres amores del desierto.
Los labios de los dos, con fuego impresos,
se dicen el secreto de las almas;
después... desmayan lánguidos los besos...
y a la sombra quedamos de las palmas.
EcosMirad la aurora,
madre del día,
¡cómo derrama
luz, alegría!
Allá en el cielo
todo es fulgores;
¡todo en la tierra
cantos y flores!
Sobre las hojas
tiemblan las perlas,
vienen las brisas
a recogerlas.
Saltando el ave
trina en la rama,
brilla el aljófar
sobre la grama.
¿Dó va el incienso,
de los aromas?
¿Qué dice el ritmo
de las palomas?...
Y todo, luce,
canta, se agita,
vida sagrada
doquier palpita.
Alza la tierra
su amante coro,
y el sol la paga
con besos de oro.
Luego, la noche
su negra tienda
abre del mundo
sobre la senda.
Y entre la sombra
muda y tranquila
asoma el astro
su alba pupila.
¿Sois, por ventura,
blancas estrellas,
del cielo al mundo
lágrimas bellas?
¿Joyas que bordan
el regio velo?
con que a la tierra
cobija el cielo?
¿Chispas que lanza
la eterna sombra?
¿Polvo que deja
Dios en su alfombra?...
Astros y flores
quizá no viera
si amor al alma
su luz no diera.
Las vagas notas
que el arpa lanza,
¿no, son el himno
de la esperanza?
El alma encierra
luz, armonía,
es una aurora
la fantasía.
Doquier que vague
mi pensamiento,
la miel recoge
de un sentimiento.
Cual mariposa
va la ilusión
sobre las flores
de la creación.
En los ruidos
que se levantan
hay dulces ecos,
voces que cantan.
Rumor de besos
y de suspiros
flota en las alas
de los céfiros.
Como en la selva
trinan las aves,
hay en el alma
voces süaves.
Ecos solemnes
desconocidos,
por voz humana
no traducidos,
Ecos que el alma
tímida esconde,
ecos que vienen
de no sé dónde.
Quizá del verbo
del alma inmensa
que dice al hombre
que vela y piensa:
"-De toda vida
yo soy la llama:
contempla, adora,
espera y ama."
Yo creo. Por eso
mi alma levanto.
Amo, y espero...
Por eso canto.
En el bañoAlegre y sola en el recodo blando
que forma entre los árboles el río,
al fresco abrigo del ramaje umbrío
se está la niña de mi amor bañando.
Traviesa con las ondas jugueteando
el busto saca del remanso río,
y ríe y salpica de glacial rocío
el blanco seno, de rubor temblando.
Al verla tan hermosa, entre el follaje
el viento apenas susurrando gira,
salta trinando el pájaro salvaje,
el sol más poco a poco se retira
todo calla... Y Amor, entre el ramaje,
a escondidas mirándola, suspira.
Frío(Cuento Bohemio)
La tarde era triste,
la nieve caía,
su blanco sudario
los campos cubría;
ni un ave volaba,
ni oíase rumor.
Apenas la nieve
dejando su huella,
pasaba muy triste,
muy pálida y bella,
la niña que ha sido
del valle la flor.
Llevaba en el cinto
su pobre calzado;
su hermano pequeño
que marcha a su lado
le dice: -"No sienten
la nieve tus pies?"
"Mis pies nada sienten"
-responde con calma-
"El frío que yo siento
lo llevo en el alma;
y el frío de la nieve
más duro no es".
Y dice el pequeño
que helado tirita:
-"¡Más frío que el de nieve!...
¿Cuál es, hermanita?
¡No hay otro que pueda
decirse mayor!..."
-"Aquel que de muerte
las almas taladre;
aquel que en el alma
me puso mi madre
el día que a mi esposo
me unió sin amor".
Hojas dispersas - III -
¿Qué dice la ola
que va perdida?
-Dice, ¿no oyes?:
Yo soy la vida.
¿Y qué la rosa,
gala de un día?
-¿No la oyes? Dice:
Soy la alegría.
¿Y el ave en busca
de otra región?
-¿No va diciendo:
soy ilusión?
¿Y aquel lucero
que no se alcanza?
-¿No dice, acaso:
Soy esperanza?
¿Y estas tinieblas
en que me pierdo?
-¿No las conoces?
Son tu recuerdo.
¿Y este sollozo
de mi dolor?
-Tú bien lo sabes,
ese es tu amor.
- XII -
El alma que en la mirada
es caricia y embeleso,
se hace suspiro, y, temblando,
penetra el alma en un beso.
- XIII -
Triste es la tarde, sin luz el cielo.
Niebla que pasas, ¿adónde vas?
-Sólo Dios, sabe mi incierto vuelo.
Niebla, ¿qué eres?
-Sombra, no más...
La noche llega, la flor se aduerme,
brisa que pasas con lento giro,
¿adónde vuelas?
-Voy a perderme.
Dime, ¿qué eres?
-Soy un suspiro.
Es alta noche: grato beleño
cierra mis ojos, y en lontananza
un ángel blanco miro, en mi sueño.
Ángel, ¿quién eres?
-Soy la esperanza.
Así es la vida; niebla pasajera
que cruza vagabunda por la esfera
deshaciéndose en vaga lontananza.
Y nuestra dicha, frágil e indecisa,
un suspiro que pasa con la brisa,
y sueño nada más nuestra esperanza.
- XVIII -
Corazón, ¿qué es lo que quieres?
Amor, dolores, placeres,
ya de todo te sacié,
y sin embargo, ¡te mueres,
y no sabes ni de qué...!
Insomnios...Las lágrimas vertidas
del alma alivian la agonía secreta:
he aquí mis versos, lágrimas sentidas,
lágrimas melancólicas caídas
del alma solitaria del poeta.
La Fortuna A Rosario P.
En su curso voluble la Fortuna
todo cuanto me diera me quitó;
y la Miseria pálida y hambrienta
al umbral de mi puerta se sentó.
Y llegó la Amistad la que en un día
el festín de mis dichas presidió-
y aunque le dije ven, ella, espantada
al ver aquel espectro, se alejó.
Amor llegó también... Sellé mi labio,
porque temí que se alejara Amor;
pero él sin vacilar, bañado en lágrimas,
vino a mí presuroso... y me abrazó.
Y la Miseria pálida y hambrienta
que al umbral de mi puerta se sentó
a la luz de aquel ángel que lloraba,
ella... ¡la horrible arpía!... se embelleció.
Mater dolorosaPlegaria
A mi Hermana Marina
Virgen del infortunio, doliente Madre mía,
en busca de consuelo me postro ante tu altar.
Mi espíritu está triste, mi vida está sombría,
pasaron sobre mi alma las olas del pesar.
Estoy en desamparo, no tengo quien me acoja;
hay horas en mi vida de bárbara aflicción,
y solo... siempre solo, no tengo quién recoja
las lágrimas secretas que llora el corazón.
Es cierto que, del mundo en la corriente impura,
cayeron deshojadas las rosas de mi fe,
que en pos de mis fantasmas de juvenil locura
corriendo delirante, Señora, te olvidé.
Que me cegó el orgullo satánico del hombre,
y en mi ánima turbada la duda penetró;
y se olvidó mi labio de pronunciar tu nombre,
y de mi mente loca tu imagen se borró.
Es cierto... ¡pero escucha...! De niño te adoraba,
al pie de tus altares mi madre me llevó...
Llorando, arrodillada la historia me contaba,
del Gólgota tremendo cuando Jesús murió.
Y vi sobre tu rostro la angustia y el quebranto,
daba sobre tu frente la sombra de una cruz,
tus lágrimas rodaban y negro era tu manto...
Todo, de un cirio pálido a la siniestra luz...
Entonces era niño, no comprendí tu duelo;
pero te amé, Señora, ¡tú sabes que te amé!
que dulce, inmaculado, alzábase hasta el cielo
el infantil acento de mi sencilla fe.
Por esa fe de niño, por el ardiente ruego
que al lado de mi madre con ella repetí
¡Virgen del Infortunio, cuando a tus plantas llego,
Virgen del Infortunio, apiádate de mi!
Tú miras, reina augusta, la senda que cruzamos:
con llanto la regaron generaciones cien,
a nuestra vez nosotros con llanto la regamos,
y las que vienen luego la regarán también.
A nuestro paso vamos dejando en sus abrojos
pedazos palpitantes del roto corazón;
y andamos... más andamos... y no hallan nuestros ojos
ni tregua a la jornada, ni tregua a la aflicción.
Mas tú eres la esperanza, la luz, nuestro consuelo:
tus ojos levantados suplican al Señor,
tus manos están juntas en dirección al cielo...
Tú ruegas por nosotros, ¡oh, Madre del Dolor...!
En busca de consuelo yo vengo a tus altares
con alma entristecida y amargo corazón;
y pongo ante tus ojos, Señora, mis pesares,
y en lágrimas se baña la voz de mi oración.
No mires que, olvidando tu imagen y tu nombre,
al viento de este mundo mis creencias arrojé.
Acuérdate del niño y olvídate del hombre...
mi frente está en el polvo... perdóname... pequé.
¡Oh! por mi fe de niño, por el ferviente ruego
que al lado de mi madre con ella repetí,
Virgen de los, Dolores, cuando a tus plantas llego,
Virgen de los Dolores ¡apiádate de mí!
Mi ángel¡Oh! niña de mis sueños,
tan pálida y hermosa
como los lirios blancos
que besa el Atoyac;
tú la de mis recuerdos
imagen luminosa,
el ángel cuyas alas.
tocáronme al pasar;
perdona, dulce niña,
perdona si mi acento
temblando, de mi alma
levántase, hasta ti;
pero tu bella imagen
está en mi pensamiento
no sé ya desde cuándo...
quizá desque te vi,
Desde que vi tus ojos,
tus ojos de querube,
tus ojos en que el alma
se abrasa de pasión;
y desde aquel instante
otra ilusión no tuve
que darte con mi vida;
mi altivo, corazón.
Si apenas te conozco
¿Por qué te quiero tanto?
¿por qué mis, ojos ávidos
te buscan sin cesar?
¿por qué en el alma siento,
tan tétrico quebranto!
cuando tu rostro de ángel
no puedo contemplar?
¿Por qué sueño contigo
y en, ti, tan sólo pienso?
¿por qué tan dulce nombre
me llena de emoción?
¿por qué se abrasa mi alma
en este amor inmenso,
si apenas te conozco,
mujer de bendición?
No estás ante mis ojos
y por doquier te miro;
conmigo, va tu sombra
por dondequier que voy.
Escucho tu pisada,
recojo tu suspiro,
y velas a mi lado,
cuando, dormido estoy.
¿No sabes tú, no sabes,
mujer, que te amo tanto
cuanto, sobre la tierra
el hombre puede amar?
¿Que diera mi existencia
por enjugar tu llanto,
que diera... hasta mi alma,
tus plantas por besar?
Y si tuviera un mundo,
un mundo te daría;
y si tuviera un cielo,
lo diera yo también,
porque me amaras tanto,
mitad del alma mía,
que alguna vez sintiera
tus labios en mi sien...
No sientes cuando cierra
tus ojos celestiales
el ángel de los sueños
con su ala sin color,
no sientes que mi alma
sobre tus labios rojos
derrama un mar de besos
con infinito amor...?
Sé, niña, del poeta
la inspiración bendita,
la virgen de mis sueños,
la fe del corazón;
sé mi ángel, sé mi estrella,
la luz que necesita
mi espíritu sediento
de amor y de ilusión.
Extiende cariñosa
sobre mi sien tu velo;
bajo tus alas blancas
de ti camino en pos,
tu luminosa huella
me llevará hasta el cielo:
te seguiré, mi ángel,
para llegar a Dios.
NupcialEn el regazo frío
del remanso escondido en la floresta,
feliz abandonaba
su hermosa desnudez el amor mío
en la hora calurosa de la siesta.
El agua que temblaba
al sentirla en su seno, la ceñía
con voluptuoso abrazo y la besaba,
y a su contacto de placer gemía
con arrullo, tan suave y deleitoso,
como el del labio virginal opreso
por el pérfido labio del esposo
al contacto nupcial del primer beso.
La onda ligera desparcía, jugando,
la cascada gentil de su cabello,
que luego en rizos dé ébano flotando
bajaba por su cuello;
y cual ruedan las gotas de rocío
en los tersos botones de las rosas,
por el seno desnudo así rodaban
las gotas temblorosas.
Tesoro del amor el más precioso
eran aquellas perlas;
¡cuánto no diera el labio codicioso
trémulo de placer por recogerlas!
¡Cuál destacaba su marfil turgente
en la onda semioscura y transparente,
aquel seno bellísimo de diosa!
¡Así del cisne la nevada pluma
en el turbio cristal de la corriente,
así deslumbradora y esplendente
Venus rasgando la marina espuma!
Después, en el tranquilo
agreste cenador, discreto asilo
del íntimo festín, lánguidamente
sobre mí descansaba, cariñosa,
la desmayada frente,
en suave palidez ya convertida
al color que antes fuera deliciosa,
leve matiz de nacarada rosa
que la lluvia mojó... Mudos los labios,
de amor estaban al acento blando.
¿Para qué la palabra si las almas
se estaban en los ojos adorando?
¡Si el férvido latido
que el albo seno palpitar hacía
decíale al corazón... lo que tan sólo,
ebrio de dicha, el corazón oía...!
Salimos, y la luna vagamente
blanqueaba ya el espacio.
Perdidas en el éter transparente
como pálidas chispas de topacio
las estrellas brillaban... las estrellas
que yo querido habría
para formar con ellas
una corona a la adorada mía...
En mi hombro su cabeza, y silenciosos
porque idioma no tienen los dichosos,
nos miraban pasar, estremecidas,
las encinas del bosque, en donde apenas
lánguidamente suspiraba el viento,
como en las horas del amor serenas
dulce suspira el corazón contento.
Ardiente en mi mejilla de su aliento
sentía el soplo suavísimo, y sus ojos
muy cerca de mis ojos, y tan cerca
mi ávido labio de sus labios rojos,
que, rauda y palpitante
mariposa de amor, el alma loca,
en las alas de un beso fugitivo
fue a posarse en el cáliz de su boca...
¿Por qué la luna se ocultó un instante
y de los viejos árboles caía
una sombra nupcial agonizante?
El astro con sus ojos de diamante
al través del follaje ¿qué veía...?
Todo callaba en derredor, discreto.
El bosque fue el santuario
de un misterio de amor, y sólo el bosque
guardará en el recinto solitario
de sus plácidas grutas el secreto
de aquella hora nupcial, cuyos instantes
tornar en siglos el recuerdo quiso...
¿Quién se puede olvidar de haber robado
su única hora de amor al paraíso?
Pasión¡Háblame...! Que tu voz, eco del cielo,
sobre la tierra por doquier me siga...
Con tal de oír tu voz, nada me importa
que el desdén en tu labio me maldiga.
¡Mírame...! Tus miradas me quemaron,
y tengo sed de ese mirar, eterno...
Por ver tus ojos, que se abrase mi alma,
de esa mirada en el celeste infierno...!
¡Amame...! Nada soy... pero tu diestra
sobre mi frente, pálida, un instante,
puede hacer del esclavo arrodillado
el hombre-rey, de corazón gigante...
Tú pasas... y la tierra voluptuosa
se estremece de amor bajo tus huellas,
se entibia el aire, se perfuma el prado
y se inclinan a verte las estrellas.
Quisiera ser la sombra de la noche
para verte dormir sola y tranquila,
y luego ser la aurora... y despertarte
con un beso de luz en la pupila.
Soy tuyo, me posees... Un solo átomo
no hay en mi ser que para ti no sea:
dentro mi corazón eres latido,
y dentro mi cerebro, eres idea.
¡Oh! por mirar tu frente pensativa
y pálido de amores, tu semblante;
por sentir el aliento de tu boca
mi labio acariciar un solo instante;
por estrechar tus manos virginales
sobre mi corazón, yo de rodillas,
y devorar con mis tremantes besos
lágrimas de pasión en tus mejillas;
yo te diera... no sé... ¡no tengo nada...!
el poeta es mendigo de la tierra
¡toda la sangre que en mis venas arde!
¡todo lo grande que mi mente encierra!
Mas no soy para ti... ¡Si entre tus brazos
la suerte loca me arrojara un día,
al terrible contacto de tus labios
tal vez mi corazón... se rompería!
Nunca será... Para mi negra vida
la inmensa dicha del amor no existe...
Sólo nací para llevar en mi alma
todo lo que hay de tempestuoso y triste.
Y quisiera, morir... ¡pero en tus brazos,
con la embriaguez de la pasión más loca,
y que mi ardiente vida se apagara
al soplo de los besos de tu boca!
Primer beso"-La luz de ocaso moribunda toca
del pinar los follajes tembladores,
suspiran en el bosque los rumores
y las tórtolas gimen en la roca.
Es el instante que el amor invoca;
ven junto a mí te sostendré con flores
mientras roban volando los amores
el dulce beso de tu dulce boca."
La virgen suspiró: sus labios rojos
apenas el yo te amo murmuraron,
se entrecerraron lánguidos los ojos,
los labios a los labios se juntaron,
y las frentes, bañadas de sonrojos
al peso de la dicha se doblaron.
Soñaba...(Heine)
Soñaba yo... Mis párpados henchidos.
de lágrimas sentía;
soñé que estabas en la tumba, muerta,
y muerta te veía...
Era un sueño no más pero despierto
lloraba todavía.
Estaba yo soñando, y por la cara,
el llanto, me corría,
soñé que te arrancaba de mi lado,
alguno, vida mía...
Era un sueño, no más, pero despierto
lloraba todavía.
Soñaba yo... Me ahogaban los sollozos,
el llanto me bebía...
Estaba yo soñando que me amabas,
¡soñando que eras mía!
Era un sueño no más, no más que un sueño,
y lloro, más que nunca, todavía.
SoñandoAnoche te soñaba, vida mía,
estaba solo y triste en mi aposento,
escribía... no sé qué; mas era algo
de ternura, de amor, de sentimiento.
Porque pensaba en ti. Quizá buscaba
la palabra más fiel para decirte
la infinita pasión con que te amaba.
De pronto, silenciosa,
una figura blanca y vaporosa
a mi lado llegó... Sentí en mi cuello,
posarse dulcemente
un brazo cariñoso, y por mi frente
resbalar una trenza de cabello.
Sentí sobre mis labios
el puro soplo de un aliento blando,
alcé mis ojos y encontré los tuyos
que me estaban, dulcísimos, mirando.
Pero estaban tan cerca que sentía
un yo no sé qué plácido desmayo,
que en la luz inefable de su rayo
entraba toda tu alma hasta la mía.
Después, largo, süave,
y rumoroso apenas, en mi frente
un beso melancólico imprimiste,
y con dulce sonrisa de tristeza
resbalando tu mano en mi cabeza
en voz baja, muy baja, me dijiste:
"-Me escribes y estás triste
porque me crees ausente, pobre amigo;
pero ¿no sabes ya que eternamente
aunque lejos esté, vivo, contigo?"
Y al despertar de tan hermoso sueño
sentí en mi corazón plácida calma;
y me dije: Es verdad... ¡Eternamente...!
¿Cómo puede, jamás., estar ausente
la que vive inmortal dentro del alma?
Tu cabelleraDéjame ver tus ojos de paloma
cerca, tan cerca que me mire en ellos;
déjame respirar el blando aroma
que esparcen destrenzados tus cabellos.
Déjame así, sin voz ni pensamiento,
juntas las manos y a tus pies de hinojos,
embriagarme, en el néctar de tu aliento,
abrasarme en el fuego de tus ojos.
Pero te inclinas... La cascada entera
cae de tus rizos óndulos y espesos.
¡Escóndeme en tu negra cabellera
y déjame morir bajo tus besos!
Un beso nada másBésame con el beso de tu boca,
cariñosa amistad del alma mía,
un sólo beso el corazón invoca,
que la dicha de dos... me mataría.
¡Un beso, nada más! Ya su perfume
en mi alma derramándose, la embriaga;
y mi alma por tu beso se consume
y por mis labios impaciente vaga.
¡Júntese con la tuya...! Ya no puedo
lejos tenerla de tus labios rojos...
¡Pronto...! ¡dame tus labios...! ¡tengo miedo
de ver tan cerca tus divinos ojos!
Hay un cielo, mujer, en tus abrazos;
siento, de dicha el corazón opreso...
¡Oh! ¡sosténme en 1a vida de tus brazos
para que no me mates con tu beso! |