A MI MUJERMis manos afianzan el barandal amarillo de la cordura
en la proa de un barco inmóvil, frío,
anclado en la dermis de la madre Gea,
allá en lo profundo, hondas cordilleras.
Miro hacia el Norte, Polaris al centro
es de madrugada, la hora de los lobos,
de los exorcismos en que mis demonios salen de paseo.
Pero pienso en ella, en la que esta lejos
en la que me clava los pies en la tierra
al tiempo que eleva mi insana cabeza
al negro del cielo, hacia las estrellas.
Mi esposa, mi reina,
mi musa, mi guerra.
Sus palabras son veloces saetas,
que a veces me hieren, pero nunca matan
y curan mis heridas, las de mis batallas.
Si amanezco gris, ella me pinta
con la paleta y el pincel que Dios puso en su sonrisa,
esa sonrisa especial, que nadie entiende, solo yo
y canta, y suena, y atrapa… y hechiza.
Y los ojos,
Ay, ay, ay … si pudieras ver sus ojos
Como yo puedo verme en ellos,
Pequeños, traviesos, brillantes,
marrones, como la madera de los viejos robles, que saben de cosas
que ignoran los hombres.
Solamente cierran cuando está dormida,
Porque en el momento de la excitación,
En el paroxismo que trae el placer,
Los abre como alas, y en su fondo mismo
pulsares, galaxias, planetas, quasares,
cometas, meteoros, estrellas fugaces,
la luz del big bang, muestran su poder.
Sus senos, mis amigos,
gemelos colosales,
redondos, blandos, tibios,
de carne palpitantes.
En mis manos prisioneros, soportan los embates
de mis labios, de mis dientes, de mi lengua,
que recorre palmo a palmo la volcánica firmeza
de sus montes pectorales.
En el altar de su sexo,
entre sus dos columnas regias
oficio misa el Domingo, el Martes o cuando quiera.
Cuando el hierro de su sangre y de la sangre de mis venas,
se atraigan como imanes, como a la luna la tierra
como la lluvia a la nube, como en el celo las fieras.
En la apretada morada, de su entrepierna bendita,
apenas entra mi intruso, a profanar su santidad,
y tras de tanto entra y sale, sube y baja, cierra y abre,
dos tsunamis cataclísmicos
se funden entre gemidos, gritos, sollozos y aullidos
en agónica sinfonía, en el principio del fin
en el final de la vida.
Las nalgas, esas nalgas!!!
Esféricas, continentales, carnosas, con vida propia
desafían la gravedad.
Cuando camina mi amada,
con ese andar que la distingue,
un carnaval, una fiesta
la sigue por donde va.
En medio de estos gigantes de morenas prominencias
hay un camino, un atajo que lleva a la vida eterna
o tal vez hasta en infierno, no lo sé:
No me interesa.
Mujer, mujer mía:
De música, de templo, de tierra, de sangre, de arena, de espiga,
de cejas delgadas, de carne morena, bronceada guerrera,
pestañas rizadas. Tus manos pequeñas, sin tocar mi cuerpo
en esta distancia, rozan mi cerebro
como mariposas, vuelan en mi alma.
La madrugada ha muerto,
el sol, como si supiere de su inoportuno y cotidiano arribo,
acecha en el mar, con tímidos brillos.
Tal vez esta noche te sienta conmigo,
te tome en mis manos, y te toque a ti como mi instrumento,
te haga vibrar como a la guitarra que exhala un lamento,
y posea de nuevo tu cuerpo que añoro, que grito, que invento.
Pero por ahora, el deber me llama
voy a mi trabajo, a ti lo dedico
a construir un mundo…
Voy a mi labor.
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