Olga Fraile Paredes


Nieve

Amanece en blanco, algodonales repletos, nata caída del cielo.
  Ramas vestidas de blanco, soportando un peso leve de algodón, ramas
  gordezuelas de encinas, pinos redondos como pintados por niños, más
  cercanos y bajitos, abetos calcados de postales.
  De vez en cuando dejan caer un copo y el trozo desciende con delicadeza,
  pausadamente, revoloteando antes de llegar al suelo.

  Hasta las varas descarnadas y secas se han dejado cubrir de blanco, para
  engalanarse a la vista, con elegancia en su desnudo altivo.
  Otrora las frías vallas metálicas se convierten en redes finísimas de tul
  de novia.

  Todo en calma, la tregua del viento nos deja en un silencio casi
  interior, la nieve amortigua los ruidos, sólo el frufrú de las
  pisadas....

  Hasta la luz comparte esa quietud y asoma tímida con sus  tintes
  delicados, rosados, luego vueltos amarillos, hasta dejarlos tamizados en
  ese blanco azulado, en ese blanco uniforme de irrealidad y sueño.

  Nos asomamos y miramos como si descubriéramos el mundo, por primera vez,
  con algo de exploradores en suelo nunca hollado, algo sobrecogidos,
  maravillados,
  nos sale el alma perdida de niños y se cuelga en la sonrisa de los
  labios.

  Antes de que  las huellas ya no lleven a ningún lado y ese blanco
  oscurezca, chapotee ahogado en los charcos grises que lo van tragando
  todo,
  quedará esa imagen y nos hará olvidar por un momento la monotonía que
  yace debajo de ese manto blanco......










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