Alejadrina López Jurado


Trance del súcubo

Con Herrera y Reissig,
puedo pensar que, ayer,
torva “yo miraba la montaña
hipertrofiarse de ilusión nocturna”.

Hoy, en cambio,
en busca del peor de los olfatos,
viene a mí el súcubo
tras la piel de esa vértebra
que me atosiga en necedades cerebrales.

Deleitable hasta el tuétano
de sus innombrables cicatrices,
se extingue en el placer
que me exuda en las arterias
contra el humus picante de la zarza.

Claro está el dolor
en su desaparecido peso.
Gozo de la muerte que es danza
de mi carne satisfecha y abatida:
libídine, rapto de la ausencia,
inflamación del mundo
por el más brutal acabamiento.

Yegua de la noche

Allí hay cientos miles de sienes
esperando a que salga 
de estos agujeros oníricos
intransitablemente odiosos
para su pobre existencia lúcida.

Inmersa 
como una avestruz en la tierra
desaparezco
dejando a flote mi coloración blancuzca.

Casi como roca de cal aterida
a esta mi nada impersonal y diaria,
veo despeñarse la fría idoneidad
de este horror que, vertical y rudo,
me persigue en espirales de borrasca:
el drama del cuerpo que se inventa por la noche.
(Hablo de mi cuerpo y su cerebro bajo encierro).








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