Ramdi Golas


A UNOS OJOS

Ojos de triste mirar

qué pena ocultas en ellos,

si aún cuando tristes son bellos

¡ Qué bellos . . . !

 Si alegres pudieran brillar.

 

Ojos de triste mirar

que no saben sonreír,

que solo saben sufrir

que ya ni saben llorar.

 

Quisiera ser yo tu cáliz

para que viertas en mí 

tu amargura,

y contemplar así la dulzura

de tus ojos al mirar.

LA SONRISA PERDIDA

Cuéntame niña mía

Una a una, 

La sonrisa de las estrellas

Y dime si ves, mi niña

La mía oculta entre ellas.

Es que a mi se me ha perdido

O es que ya no la tengo.

Quizás tú te la llevaste

Y por eso no la encuentro.

Si escondida entre tus labios

La tuvieras prieta en ellos

Suéltala niña mía

Déjala que a mi vuelva

Que afligido está mi semblante

Faltándole la alegría

Que sólo asoman tristezas.

 

O bien tú, espejo de plata

Haz que en ti me refleje

Para contemplar en mi rostro

La sonrisa que a mi me falta

Permitiendo a tu dulzura 

Que presta a mí regrese.

VINOS DE CIPRES

Me hubiera gustado que me dijeras ¡Hombre, todo terminó ¡ no tendrás más mis vinos de ciprés ni deseo más la esencia de tus rosas. Entonces yo hubiera podido Recoger pedazo a pedazo Los restos de mi luna Y echarlos a la bolsa del olvido Y a otra cosa … ¡ Pero no ! Te aseguraste de dejar Tu aroma de abedules Hiriendo poro a poro La superficie de mi piel.

SOLEDAD

Una flor marchita ,

De resecas vivencias . . .

Una playa vacía , 

De arenas desiertas . . . 

Una llanura inmensa , 

De desoladas tierras  . . .

Un gemir del viento , 

De solitarias praderas . . . 

Una noche si Luna , 

De tinieblas llena . . . 

¡Un grito vertical !                                                                                

De sangre se eleva  . . .

Un violeta adiós , 

De viaje sin vuelta  . . .

Una estela en el mar ,

De velero sin velas  . . .

Un pétalo amarillo , 

De una flor muerta.

DE REPENTE

La angustia llegó a su cuerpo . . . 

Retuerce sus manos, enlazando desesperadamente sus dedos.

Sus uñas se hunden ensangrentando la piel,

Mordiendo la carne, rompiendo el silencio.

Un frío sudor recorre su frente

Cubriendo su rostro, goteando hasta el suelo.

Un golpeteo sin ritmo resuena en su pecho,

El aire, espeso, ahora tan denso, intenta absorberlo.

 

Y en su turbada mente:

Resuenan los cascos de cuatro caballos negros

Galopando a través de tinieblas,

Rompiendo nubes, desarbolando vientos.

Los desorbitados ojos de los corceles miran al horror, sin verlo.

Enloquecidos rasgan sus cuerpos al rozar entre si, sus pieles

Que rotas dejan al aire sus trémulos pálpitos.

Los cuatro caballos fracturan sus remos

Al chocar con las impenetrables rocas del destino, sus frágiles huesos.

 

Una punzante daga que impulsa una oscura sombra

Penetra por el centro de su pecho. 

Un lacerante dolor se cuela entre el brazo y el hueso

Llegando a los dedos izquierdos.

Se derrumba el cielo . . . se hunden los pensamientos

desaparece el azul.

Un sonoro silencio, lleno de cipreses blancos

Huyen silentes . . .  a lo lejos.

Un fugaz resplandor ilumina y el aire se agota.

Una espiral sin color

Se lleva su último aliento,

De su mórbida carne,

Que desplomada sobre su postrer apoyo

Adquiere el tinte de un amarillo pétalo


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